Por: Diana Villamarín Piedrahita.
Lic. Español y Literatura
Universidad del Cauca.
“Ojala pudiera vivir solamente en éxtasis,
haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo,
rescatando cada frase con mis días y con mis semanas,
infundiéndole al poema mi soplo
a medida que cada letra de cada palabra
haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir”.
Alejandra Pizarnik
Bien conocida es la afirmación de que forma y contenido se funden en el poema, se funden en la armonía, y cabe reconocer que al leer la poesía de Rafael Maya, ésta traslada al lenguaje una experiencia humana emocional y sensualmente significativa, en la medida en que su autor se vale de la creación estética para expresar inquietantes asuntos de su cosmos interior y, a su vez, en una relación interior-exterior, visiona el cosmos que le rodea en tanto que el arte logra enlazar lo espiritual con el acontecer cotidiano de la vida, revelándole el poeta a ésta algo que es suyo, a través de sus imágenes.
De allí que algunos autores, como Benjamin, consideren que el análisis y la crítica de la obra de arte son una reflexión sobre el lenguaje, y que este ejercicio sea a la vez una obra de arte sobre una obra de arte, o, sobre el arte, para ser menos genéricos en nuestro caso, en el cual no pretendemos realizar esta titánica labor. Se trata de establecer un acercamiento a las imágenes sensuales o eróticas que Maya incorpora en su obra poética.
Maya, entonces, parece oscilar en lo relativo a su experiencia erótica, en lo que George Bataille, en su libro El Erotismo (1965), ha caracterizado como “la tentación del religioso” y la “delectación amorosa”. La tentación, para el religioso, es una dialéctica entre lo prohibido interiormente, dado el grado de valores que impiden el “desear hacer” por un marcado grado de “deber hacer”, y, exteriormente, ya sea por la pertenencia y compromiso con una institución o con la sociedad en la que se vive, o por las necesidades instintivas e individuales que tiene el hombre en cuanto ser biológico. Por tal razón, en su obra poética, al expresarse en lo referente a la sensualidad, Maya asume una posición marcadamente dualista, en lugar de asumir un nihilismo muchas veces propio de las vanguardias que estaban en el panorama artístico de su época, y que aún así, en el contexto de la literatura y el arte colombianos, tardaron en asumir de forma profunda en los años setentas.
De este modo vale la pena resaltar, que si bien los tiempos modernos no impedían a Rafael Maya escribir poesía, su pensamiento frente a ellos sí le brinda un acento marcado y un giro enfático de conservadora toma de posición, manifestada en versos que permiten reconocer su distancia de una modernidad, y la idea de progreso que no le interesaba seguir, pues la propugnaban las tendencias liberales y progresistas.
Más aún, Maya llega a sentir cierta vacuidad en las promesas progresistas del discurso moderno, y a la vez despreciar una "revolución en marcha", que por cierto no era la suya, y que comenzaba a estancarse en tanto que estas ideas positivas y progresistas del bienestar social fundado en la economía de la apertura al mercado mundial, llevaban a la dependencia económica, política, social y cultural de las potencias en el siglo XX, en una sociedad en la que el poeta, bardo o vate, había perdido la distinción y el honor social, al pasar de acuerdo a las exigencias económico-políticas de la modernidad trazada por la concepción utilitarista del conocimiento y las emociones, a ser un asalariado más en servicio de un grupo social dominante.
La intemporalidad clásica y la concepción que la mayoría de los escritores de principios del siglo XX en Colombia tenían de sí mismos, como figuras y representantes de los valores sociales, conllevaron al hecho de que escritores y poetas hubiesen preferido mantenerse al margen de la transgresión y la experimentación que, en últimas, es lo que define las vanguardias, decidiéndose anclarse bajo ciertos puntos fijos que la cultura hispánica les ofrecía para ser aceptados por los círculos sociales dominantes de la vida cultural.
De esta manera, la obra poética de Maya se destaca por su discreción expresiva y el afecto inalterable hacia ciertos temas constantes a lo largo de su producción, pues conocía muy bien la idea de que el arte de expresar lo bello por medio de “un lenguaje”, es una actitud que ha marcado controversia en la historia de la humanidad y de la literatura universal, razón por la cual su poesía enuncia los sucesos y percepciones de la vida diaria y hasta de sus conflictos, por menores que fueran respecto a otras figuras que hicieron de ellos la nota distintiva de su creación estética. La poesía es una manera de sentir, gracias a su curiosa forma de expresar mediante el lenguaje, los sentimientos, tragedias, padecimientos, alegrías, voliciones e intenciones personales sometidos a los azares de la realidad que se presenta “objetiva” y “caótica” a la vez.
Para efectos de poner en juego el sentir del poeta en relación a la sensualidad, cabe decir que el cuerpo se percibe como algo sensiblemente exaltado, donde la consumación del amor y el acto sexual mismo ya no son sólo un acto, porque el referente físico apenas se menciona, sino que son un modo por el cual el poeta logra que los cuerpos se reconozcan estética y eróticamente, porque, tocándose sin tocarse y tocándose porque se palpan, nuestro escritor reafirma la imaginación desde lo artístico; por eso, en relación a lo antes dicho, el poema que más ilustra esta situación es “Las Alas”, de su libro: Coros del Mediodía (1925-1930).
En este libro, Maya abandona los sonetos y se sumerge en versos y poemas mucho más largos, que contienen reflexiones humanas donde se vislumbra el yo del poeta, en el cual expresa un sentir dual que enmarca su visión y experiencia del dualismo ético y moral de la sensualidad y el erotismo (tema a desarrollar ampliamente en el próximo capítulo), bajo el dualismo de las figuras estéticas del “ala azul” y el “ala roja”.
En este poema, Maya nos presenta, primero lo que significa “el ala azul sobre su hombro”, a manera de una conciencia “inocente” y virginal que le habla o le guía, que representa algunos de sus valores y consideraciones, cualidades y afecciones personales; esta figura alude a una fuerte raíz religiosa mezclada con cierto tono de aristocracia y pureza, elegancia y estilo que conforman su experiencia de vida, y de hecho la compara con “el peplo”, es decir, la vestidura externa, amplia, suelta y sin mangas usada por las mujeres de la Grecia antigua, que bajaba desde los hombros, sujeta a la cintura hasta los tobillos, la cual no generaba tentación alguna, sino más bien, con esta vestimenta la mujer se presentaba recatada.
En segundo lugar, presenta el “ala roja”, más que una conciencia pareciera ser un demonio interno, de allí la alusión de que está sobre otro de sus hombros, y es la parte tentadora:
Yo tenía dos alas,
el ala azul y el ala roja.
el ala azul era en mi hombro
como el peplo (…)
El ala roja era en mi hombro como una llama.
Esta es una contraposición que no sólo hace parte de Maya, en cuanto ser individual, sino es propio de la mayoría de los hombres (desde el mito fundacional católico), esto es, de la dicotomía humana que desde sus albores es la resonancia de la dualidad dentro de su ser; el hombre es, entonces, un ser esquizoide.
El “ala azul” y el “ala roja” son dos naturalezas que conviven y se entretejen en la totalidad del ser, son un todo que se contrapone y se niega a la nada. En Maya, la figura del ala azul, que reposa sobre su hombro e iba “sembrando la paz entre los mortales”, representa la pacificación, el control, la sublimidad de las voliciones, la inocencia de la vida apaciguada y hogareña, el acto que como un arcángel guerrero “defiende a los niños y vela el sueño de las vírgenes”, y santifica la naturaleza y la vida humana misma:
de la tarde sobre el valle humoso
donde parpadean las ventanas,
ante la lejanía del cielo
que se recoge en el horizonte
como un velo lleno de flores extrañas.
Este es un acto “sacramental” del poeta, en el que convergen los colores, la feria y “el pueblo alegre”, que es “la sombra de la campana / sobre el atrio evangélico de la iglesia”, con lo cual se pone de presente que Maya tiene una concepción de la vida y de la naturaleza con un aire de la solemnidad:
El ala azul era en mi hombro
como el ala del sueño
caída sobre el mundo.
En otras palabras, hay una visión mágica del mundo que no se reduce a una mera “cosmovisión” personal del poeta. De hecho, a nuestro modo de ver, es precisamente esta visión mágica e idílica del mundo (influenciada por la concepción cristiana) que hace parte de la experiencia poética de Maya, la que se erige como uno de los motivos que lo alejan de las vanguardias artísticas y lo llevan a tomar una posición conservadora, no sólo en la producción estética misma, sino en el campo moral y político, y en lo que se refiere a la visión de la mujer y del amor.
La modernidad implica, entonces, lo que los teóricos han llamado la “desacralización” o “secularización” del mundo, es decir, la forma racional y técnica con la que se organiza la naturaleza y la sociedad. Esta nueva forma de organización y producción social trajo nuevos modos de relaciones intersubjetivas que, en palabras de Gutiérrez Girardot, se consolidaron como la “sociedad egoísta”, a lo que posteriormente Nietzsche llamaría la “muerte de Dios”, esto es, la muerte de los valores tradicionales a los cuales Maya sigue arraigado.
Esta “muerte de Dios” implica la completa atomización de la sociedad, en contraste con la antigua noción idílica de que el hombre vivía en comunión con Dios, la Naturaleza y el Prójimo, es decir, empezamos a movernos en una época nihilista, donde los considerados “valores supremos” se encuentran en crisis, igual que sus símbolos sagrados. Esta es la razón por la cual las alas reciben, no una connotación angélica sino profana, en tanto que hacen parte de la naturaleza humana; en este sentido, por el símbolo de las “alas”, el poeta sacraliza esta naturaleza y desacraliza el símbolo.
Ciertamente, Maya presencia esta transformación de la cultura, y lo expresa cuando, por ejemplo, en su ensayo crítico “La Continuidad Lírica en Colombia”, afirma que existe desintegración de la familia, que la mujer ha cambiado en los últimos tiempos, y la existencia de algunos fenómenos producto de esa crisis de valores, hacen que el poeta proponga que el bienestar de una sociedad dependa de la recuperación de la unidad moral perdida.
A sabiendas de que es la modernidad la que posibilita la liberación del individuo en relación con sus valores, y al hacerlo, lo libera de los roles sociales que tradicionalmente se le asignaban, en especial, a la mujer. Con esta liberación se produce paulatinamente la liberación sexual del cuerpo de la mujer, acentuándose la sensualidad femenina.
Con una nueva visión que el campo poético y artístico puede proporcionar, se encuentra la posibilidad de una transformación de la actitud social y política tradicional respecto a la mujer. La transformación de la sensibilidad es el paso previo para una nueva forma de pensamiento, para una nueva forma de organización social y una actitud ético-política que restaure la valoración femenina; de este modo vemos en el campo cultural, que la reivindicación sexual de la mujer ha conllevado a la proliferación de las temáticas sobre género y sexualidad.
La visión católica que establece la dualidad de los hombres entre el bien y el mal, razón e instinto, luz y oscuridad, alma y cuerpo, castidad y placer, etc., tiende con la modernidad, la atomización e individualización del hombre, a perderse y a potenciar más el lado instintivo, oscuro, sexual y placentero como la verdadera “esencia” de la vida individual. La liberación individual debería cobijar a hombres y mujeres por igual, pero, en realidad, siempre favoreció al género masculino.
Como ya se mencionó, Maya, mediante la figura del ala roja, expresa esta parte negada, oscura e instintiva del hombre, que muchas veces en otros poemas enjuicia como algo censurable y negativo, juicio producto de su sentimiento religioso y moral, de las costumbres y hábitos conservadores de la sociedad tradicional a la que Maya pertenece. Sin embargo, en el caso del poema, el ala roja es la parte conflictiva del ser humano, a la que no hay que renunciar, sino que es necesario aplacar con la “sombra de una nube benéfica”, que es lo que proyecta el ala azul del ser humano. Entonces, el ala roja es la juventud, el ímpetu, la noche ciega y “sin término”, la sensualidad de los cuerpos, el desborde de la carne en un río pasional:
El ala roja
encendía el fuego
en la sangre de los mancebos
y en las mejillas de las vírgenes.
El ala roja presidía
el ritmo nupcial, en la noche
sin término, cuando el río de carne
fluye de los lechos,
poblado de gritos
como las aguas que devastan una ciudad.
Si el ala azul “vela el sueño de las vírgenes”, el ala roja sigue:
(…) la luz que nace
en la rosadas praderas del Paraíso
donde las vírgenes desnudas
recogen el rocío en sus manos.
Maya contrapone la ensoñación a la desnudez de las vírgenes, como dos momentos de ellas, dos momentos humanos, dos realidades posibles en un nombre o en una palabra. El ala roja y el ala azul son el vuelo d
el ensueño y el despertar respectivamente, la unión de imaginación e instinto. Empero, en el poema, el poeta pierde las dos alas, y es aquí en donde se nota claramente cómo Maya y su experiencia estética se manifiestan en el poema como testimonio de un sentir, dado que al faltarle las alas, afirma que camina “por la tierra” tambaleándose; es un desequilibrio cuando el fundamento dual del mundo se pierde, y la nada o el nihilismo asumen su posición, y dejan al poeta, en cuanto hombre particular “(…), solo, errante y abstraído” en “el gran caos nocturno”.
Desde esta perspectiva, cabe señalar que Maya opta por una concepción dualista de la vida, en lugar de una nihilista, que constituye un polo extremo de la misma, una potenciación de las fuerzas ocultas de la vida al infinito y al sinsentido; bajo el dualismo, Maya encuentra la armonía de la poesía, del ser y de la sociedad, de los sentimientos sublimes y “el fuego / en la sangre de los mancebos / y en las mejillas de las vírgenes”. Así, lo erótico no sólo aparece en obras eróticas, sino también en aquellas en las cuales lo erótico es el ingrediente sugerido dentro de un mundo diverso y complejo, a sabiendas que la “Mujer, es también sujeto del deseo y del amor, y no sólo límite del rol de madre y esposa.”
Referencias:
BATAILLE, George (1965). El Erotismo. Bogotá: Ediciones Nova.
GARCÍA QUINTERO, Felipe. (1997). Finca Raíz y Propiedad Horizontal: Lectura del Legado Poético de Rafael Maya.
GUTIÉRREZ GIRARDOT, Rafael (1979). “La Literatura Colombiana en el Siglo XX”. En Manual de Historia de Colombia, Vol. III. Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura.
MAYA, Cristina (1998). “La Temporalidad en la Poesía de Rafael Maya” (presentada en el Seminario de homenaje al poeta).
MAYA, Rafael. (1925 - 1930). Coros del Mediodía.
____________. (1930 - 1935). Después del Silencio.
____________. (1935 - 1940). Final de Romances y Otras Canciones.
____________. (1920 - 1925). La Vida en la Sombra.
____________. (1940 - 1945). Tiempo de Luz.
PAZ, Octavio (1985). Los Hijos del Limo. Bogotá. Editorial Oveja Negra.
___________ (1993). La Llama Doble: Amor y Erotismo. Bogotá: Círculo de Lectores.


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